El agua, un recurso renovable pero limitado

Por el Dr. Luis Fernández, escritor invitado, cortesía de La- Causa

Toneladas de agua en las prodigiosas Cataratas del Niágara, una de las fuentes hidroeléctricas más poderosas de Estados Unidos y Canadá. En la foto, tomada en 1999 desde el lado estadounidense de las cataratas, se alcanza a ver el Puente del Arco Iris y la zona fronteriza de Canadá.

El agua, el elemento clave para la subsistencia de la vida, ha sido siempre indispensable para la viabilidad y desarrollo de toda civilización.

Por sus particulares propiedades físicas y por sus cualidades para disolver y transportar otras sustancias, no es extraño que en ella se haya originado y desarrollado la vida, que tenga un significado espiritual tan profundo en la mayoría de las religiones y que sea tan particularmente susceptible para las acciones contaminantes.

Desde los canales de riego contiguos al Nilo, hace más de cinco mil años, el hombre ha ideado las formas más ingeniosas para aprovechar un recurso del que no puede prescindir, ha analizado dificultades y soluciones para la provisión de los grandes núcleos urbanos, la entrega de caudales a las pequeñas y grandes extensiones de cultivo, a la industria, a las actividades mineras, a la producción hidroenergética. Se ha enfrentado de diversas maneras con la escasez, la sobreabundancia y la mala calidad, ha construido obras hidráulicas para encauzar, regular, corregir y manejar el recurso, a fin de dar respuesta a los requerimientos y necesidades básicas de las comunidades.

A toda esta gama de acciones para el conocimiento y manejo del agua, germen de vida, en las tres últimas décadas se agregó la necesidad de enfrentar seriamente el deterioro del recurso por la persistente acción contaminante de las actividades humanas. Va de suyo que algunos de los factores contaminantes son incontrolados por el hombre, pero otros dependen directamente de su acción. Los deshechos industriales, domésticos y agrícolas pueden transformar los lagos, ríos y arroyos en cloacas a cielo abierto, y los acuíferos en inservibles para cualquier uso (cuya percepción no es inmediata por la lentitud de la dinámica subterránea).

No únicamente la contaminación produce deterioros. Cuando se implementan programas de riego mal diseñados y no se planifica adecuadamente el uso del agua, los efectos son: la revenición, salinización, desertificación y erosión. La resultante, es la pérdida de capacidad productiva de los suelos que lleva inmediatamente a la escasez de alimentos, situación grave en un mundo con un crecimiento poblacional cercano a los noventa millones de habitantes por año.

Según la FAO, a partir de 1950 se ha triplicado el consumo de agua en todo el mundo. Mientras que el consumo por habitante aumentó casi en un cincuenta por ciento. Es decir, subió ochocientos metros cúbicos por habitante, siendo los sectores agrícola, con setenta por ciento del total, e industrial, con veinte por ciento del total, los que utilizan la mayor parte del agua que se consume.

Actualmente, la cuarta parte de los países del mundo tiene insuficiencia de agua tanto en cantidad como en calidad, con lo cual no cabe duda que un uso más intensivo e inapropiado del preciado líquido aumentaría los riesgos para la población y supondría una grave rémora para la producción alimentaria, para el desarrollo económico y para la protección de los ecosistemas.

Las repercusiones de los cambios en la calidad de los recursos hídricos se advierten tanto por sus efectos directos en la salud humana, al potenciar enfermedades de origen hídrico, como por los inconvenientes que ocasiona para otras formas de vida y por dar lugar a la realización de esfuerzos especiales para su tratamiento.