Sedientos

Federico Reyes-Heroles

En estos días de estiaje y calor en los cuáles todo mundo busca refrescarse, deberíamos tener presente que nuestro planeta se encamina al peor periodo de sed de su historia. Todas las advertencias lanzadas no parecen haber servido de mucho. Recordemos las grandes cifras. En el llamado planeta azul se calcula que hay alrededor de 1,360 kilómetros cúbicos (km/3) de agua. Si la distribuyéramos homogéneamente en la superficie de la tierra, sin las profundidades de los mares, sería una capa de casi tres kilómetros de alta. Estaríamos ahogados. Pero no olvidemos que el 97% es agua de mar, 2% está retenida como hielo en los polos y casi el 1% está demasiado profunda para explotarla. Si, las cuentas son esas los 6,300 millones de seres humanos que poblamos la tierra sobrevivimos con una fracción pequeñísima, mucho menor al uno por ciento. Además cada año le añadimos más de 100 millones de nuevos sedientos.

La naturaleza es generosísima, nos entrega anualmente una cifra cercana a los 500,000 km/3 de agua desalada. Ese fantástico proceso de evaporar el agua de mar y transportarla con las nubes al interior de los continentes, explica el 86% del agua dulce del planeta. El resto, 14%, proviene de los cuerpos de agua. Por cierto la absurda depredación al centro de los continentes está provocando que las grandes formaciones nubosas no puedan encontrarse y lograr la precipitación con la cual el ciclo se rompe. Las altas temperaturas, los brutales térmicos que se desprenden de las tierras sin protección de flora alguna, son parte de la explicación de las crecientes sequías de las que somos testigos año con año. Pero de ese medio millón de km/3 la mayor parte se regresa al mar en forma de lodos y nuevas evaporaciones. En realidad sólo se transfieren anualmente 40,000 km/3 de agua fresca. Pero de allí sólo somos capaces de retener 14,000 kilómetros cúbicos. Esa es el agua fresca con la cual contamos los humanos para nuestra sobrevivencia, ¿por qué no retenemos más agua? sería la pregunta obligada. En parte las mejores cuencas ya fueron aprovechadas con casi 40,000 presas. Las que vienen son mucho más difíciles y costosas. Hoy se construyen la mitad de las presas que se construían hace medio siglo, además muchas de ellas son cuestionadas por el daño ecológico que provocan.

Los costos de la desalación tampoco permiten pensar en ese proceso como la salida. La mayor parte del agua dulce con que contamos se utiliza para agricultura y allí la desalación simplemente hoy no puede todavía competir. En plena época de la biotecnología, de la nanotecnología, de la informática, etc. hemos sido incapaces, hasta ahora, de solucionar ese problema muy concreto para la supervivencia de la humanidad: quitar sal de manera masiva y barata. Según el Foro Mundial del Agua la mitad de la población mundial carece de sanidad y alrededor de 1000 millones no tienen agua potable. No hay mucho de qué sonreír. La mayoría de nuestros alimentos provienen de cuerpos terrestres y para ello requieren el 85% del agua fresca del planeta. La mitad del agua de riego proviene de la superficie y la otra mitad de los mantos subterráneos. Estos se recuperan muy lentamente, por eso es tan fácil sobreexplotarlos. Para agravar la situación cada año se agregan alrededor de 5 millones de hectáreas al cultivo. Además, los seres humanos consumimos hoy 50% más de agua que hace medio siglo. La contaminación de los mantos es una nueva y creciente amenaza global.

La situación de México es particularmente complicada. La mayor porción de nuestra agua 85% está a menos de 500 metros de altitud pero la mayoría de la población y de las tierras de cultivo están por arriba de esa altura. Allí donde se genera el 60% del PIB y donde está el 55% de la población sólo se encuentra el 10% del agua. De acuerdo a las previsiones de crecimiento demográfico y demanda del líquido, la porción de agua por mexicano hoy de casi 5000 mts/3 por año, se reducirá a 3,500 en un cuarto de siglo. Como si el escenario no fuera de horror los mexicanos nos damos el lujo de tirar el agua. El desperdicio en el riego se calcula en 50% y un poco menos, 43%, en zonas urbanas. Estas cifras las recordaba yo al lector justamente hace un año cuando se creó el Consejo Consultivo del Agua que preside Manuel Arango. Las grandes tendencias por supuesto no han cambiado. Al contrario se han agregado algunas cuestiones verdaderamente siniestras como el dato reciente de que casi el 100% de las aguas de nuestros ríos están contaminadas. Lo que si ha cambiado es el gobierno en turno. Con la alternancia llegó un ánimo de revisión de los grandes problemas nacionales que puede ser muy sano.

Montado en ese ánimo me atrevo a decir que uno de los tres problemas más importantes de largo plazo del país es el agua. Se calcula que la población de México se estabilizará en alrededor de 130 a 135 millones en un cuarto de siglo. Continuará la disminución de la población abocada al sector primario, agricultura y extracción, en alrededor del 1% anual y por ello la migración campo-ciudad continuará. En las próximas décadas México debería de construir otro México similar al que tenemos ahora que albergue dignamente a los que ya están aquí y a los que llegarán. Recuerdo al lector que el déficit de vivienda se calcula en siete millones, es decir 30 millones de mexicanos carecen de una vivienda adecuada. En medio de un irrefrenable proceso de urbanización, si seguimos el patrón de desarrollo imperante con relación al agua será un caos.

Las preguntas nodales son muy sencillas: ¿dónde van a asentarse estos nuevos mexicanos urbanos, dónde hay agua o no? ¿Dónde se van a descargar esas aguas utilizadas en las nuevas zonas urbanas? ¿Puede el estado encargarse del tratamiento y limpieza de las mismas? ¿De dónde saldrá la inversión que se requiere? ¿Quién va a pagar el agua? Algunas de las respuestas también son sencillas. El estado mexicano no tiene ni tendrá en mediano plazo los recursos para: a) financiar proyectos para retener más agua, b) financiar proyectos para limpiar las aguas utilizadas, c) financiar proyectos de riego tecnificados para impedir el desperdicio agrícola, d) financiar proyectos para construir y reconstruir la red hidráulica que el país requiere. Es claro que estamos ante un severísimo problema de nuestro desarrollo. El subsidio al precio del agua no ha traído nada bueno al país, sí en cambio desperdicio brutal y atraso tecnológico en el agro. Ha llegado la hora de revisar la estrategia y con realismo, sin populismos miopes, aceptar el hecho: si no queremos más sedientos todos deberemos pagar el precio real del agua que consumimos.